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Oración del niño de zafiro

Querido Diosito:
Te suplico, imploro, ruego, clamo, con todo el aire de mi dulce niñez, a que me absuelvas por llegar tarde a mis oraciones. Te ofrezco ¡OH! loado padre, cumplir en plegaria el resto del día; si no es suficiente, te doy mi castidad y aun así a mi primogénito. Prometo también, dulce Señor, decapitar al chamán en su propia granja, de la cual me apoderare y la regiré en tu sagrado nombre. Todos conocemos tu grandeza, y entendemos que eres dueño del universo y del tiempo que paralelo a él, corre a vertiginoso ritmo, por tanto, mi supremo creador, tu súmmum esta demostrado y no necesitas matarme por llegar tarde a mis oraciones; no necesitas mandar la pesada y ardiente lava de las entrañas de la tierra, no desates la furia de la indisciplinada langosta o las policromas enfermedades, ni el azaroso tino del rayo.
Lo cierto bondadoso Señor es que te temo. Te temo porque te pareces al tigre, a quien hiciste a tu imagen y semejanza: igual que aquel te agazapas, nos observas y rechinas los dientes, observas con el ojo quieto, esperando nuestro más frívolo error para atraparnos con tus calcáreas navajas. Te temo porque te pareces al cóndor, a quien hiciste a tu imagen y semejanza: igual que aquel interrumpes nuestro pensamiento y camino; eres la fundición de lo prehistórico y la maquina futurista; una vez que acabas con tu victima asciendes a las imperturbables y enigmáticas alturas a reinar sobre la ignorante animalada. Te temo porque te pareces al sapo, a quien hiciste a tu imagen y semejanza; igual que aquel eres insultado, pateado, denigrado y escupido, aún así mantienes el rostro estéril de todo sentimiento inclusive cuando su espantosa panza es diseccionada. Te temo porque te pareces al mar, a quien hiciste a tu imagen y semejanza: igual que aquel eres incalculable en su conjunto e imposible por partes, autor de vida y de los eventos más singulares, guardián de sus acertijos, que ansioso espera el fin de los tiempos para vomitar a sus muertos. Y eres semejante a la prostituta incapaz de notar la belleza anatómica y mística del hombre y su muerte; y eres semejante a la moneda que no tiene valor alguno si no es combinada con la artesanía y vanidad de las civilizaciones; y eres semejante al árbol que evita que las hojas asciendan al firmamento y sin embargo con sus terribles garras se sujeta de su presa que es el orbe; eres semejante a mi, niño quejumbroso ante su fracasada poesía y sus caprichos hechos mierda. Amén y amén.


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